¿Clases altas…?, ¿clases medias…?, ¿clases bajas…?


Hace unos días, pocos, mantenía un intercambio de opiniones con mi amigo Iñaki en un blog que ambos frecuentamos. Iñaki es un tipo entrañable, inteligente, cabal y sincero. Da gusto dialogar con él. Es de esas personas que, de forma sencilla, te explican las cosas más complicadas (sobre todo de economía que es donde se le ve en “su salsa”) de un modo tal, que las entiendes perfectamente.

Normalmente hablamos de temas de actualidad, aparecidos en prensa o en blogs de internet, de política, de economía, de lo humano y de lo divino… Unas veces en serio, otras en broma. Esa vez el dialogo comenzó cuando él, otros blogueros y yo mismo exponíamos nuestra opinión sobre nuestra apreciación de los distintos status o clases sociales que podemos encontrar o que creemos encontrar en nuestra sociedad actual.

Últimamente, debido a la crisis que estamos sufriendo, se está hablando mucho de las distintas clases dentro de nuestra sociedad. Y sobre todo, la que es citada por mayor número de veces y es la más mencionada en boca de unos y otros es la tan cacareada “clase media” a la que todo el mundo, equivocadamente, dice pertenecer o, al menos, lo pretende.

Pues no sé yo qué decir. Creo que, bien mirado, ni clases medias, ni bajas, ni altas. Desde tiempos inmemoriales sólo han habido y hay dos clases, a saber: “los de arriba” y “los de abajo”  y, ya que estamos, añadiré que “los de abajo” siempre hemos sido de mucha utilidad para “los de arriba”, desde luego mucha más que “los de arriba” para “los de abajo”. Supongo que por eso se acuñó la frase “Cualquier campesino puede vivir sin señor, pero ningún señor puede vivir sin campesinos.”

No hace tanto tiempo, a “los de abajo”, “los de arriba” nos reclutaban para ir a la guerra. Y había que ir. Sí o sí. Uno no se podía escaquear salvo que tuviera posibles y pagara a la autoridad competente o a un propio para que ocupara su lugar. Éramos los que, en aquellas filas que se organizaban para los ejércitos del siglo XVIII y siguientes, ocupábamos las primeras líneas de la masa humana que avanzaba amenazadora, con la bayoneta calada, siempre al paso, tratando de infundir terror al enemigo, porque, cayeran cuantos cayeran, el rectángulo humano seguía avanzando imparable hasta arrasar a los que, cada vez más atemorizados, se encontraban enfrente. El enemigo.

Nos decían que éramos de mucha utilidad, éramos imprescindibles y nos pusieron un nombre: “carne de cañón”. Carne de cañón, ese era el lugar que ocupábamos en sus planes y no otro.

Pero el tiempo avanzaba inexorable y más tarde “los de arriba” descubrieron las maquinas, la industria y la revolución (aunque sólo fuese la industrial) y consideraron que entre guerra y guerra, como “los de abajo” no teníamos nada mejor que hacer, podríamos ser muy útiles para hacer funcionar esas máquinas e industrias, desarrollar su invento y de paso engordar sus bolsillos. Entonces nos rebautizaron y nos llamaron algo mucho, pero que mucho más bonito, nos llamaron “mano de obra”. En ese nuevo escenario también teníamos mucha utilidad, también éramos imprescindibles y, reconociendo nuestros méritos, sin comerlo ni beberlo, pasamos de carne de cañón a mano de obra. No está mal el cambio, puestos a elegir yo prefiero ser mano de obra que carne de cañón. ¡Andevaparar!.

Pero el tiempo siguió y siguió avanzando y tanto avanzó que sin dejar de ser mano de obra, ni carne de cañón, cuando la ocasión lo requirió, ascendimos en el escalafón y alcanzamos una nueva categoría mucho más acorde con los nuevos tiempos. Tanta maquinaria y tanta industria produciendo bienes de consumo necesitaba de alguien que consumiera (valga la redundancia) dichos bienes y entonces, de nuevo, nuestra condición cambió. Pasamos a ser: “consumidores”. Volvíamos a ser necesarios, imprescindibles. Si no hay consumidores, ¿para qué son necesarios tantos productos y bienes de consumo que tan laboriosamente producíamos?

Naturalmente este nuevo estatus, recientemente adquirido, no excluye a los anteriores, es más, no hay problema alguno de compatibilidad. Si hay que ser mano de obra, se es y si hay que ser carne de cañón también se es. ¡Faltaría más!

Como consumidores hemos alcanzado una categoría superior, ahora nos cuidan, nos miman y hasta nos preguntan regularmente quién, y cómo queremos que nos gobierne  durante los próximos cuatro años. No obstante, cuando los intereses de “los de arriba” están en juego volvemos a adquirir nuestro verdadero valor y nuestra vieja utilidad como carne de cañón, sin perder por ello la condición adquirida como de mano de obra (en esta situación no es tan relevante nuestra condición de consumidores). Esto se llama polivalencia, ¡que caray!

Es lo más, ¡oigan!, de carne de cañón a consumidores en poco tiempo ¿Qué te parece? Tenemos que sentirnos orgullosos. Nos lo dicen continuamente: sin “los de abajo”, o sea, nosotros, esto no funciona, no han encontrado modo alguno de que funcione (y eso que lo han buscado, vaya si lo han buscado). Ya nos lo habían dicho, somos imprescindibles, somos el combustible del sistema, el “no va más” ¿Lo pilláis? ES-TO, SIN   NO-SO-TROS   NO   FUN-CIO-NA.

Pero, por favor, tranquilidad, que nadie se alarme, “los de arriba” han encontrado la solución. Como nos vienen diciendo los más sabios de “los de arriba” (que para eso son los que entienden), para ser buenos consumidores hay que consumir más, trabajar más, cobrar menos y, como las cosas están como están, necesitamos, -dicen- aumentar vuestros impuestos porque para eso habéis pasado de carne cañón a consumidores. Y, he aquí una nueva utilidad para todos nosotros “los de abajo”: ahora somos contribuyentes.

Ellos, “los de arriba”, los poderosos, siempre ganan. Siempre han ganado. Porque han actuado y actúan con una férrea unidad de acción y objetivos. Nosotros, “los de abajo”, la famélica legión, los parias de la tierra, que canta la Internacional, perdemos siempre porque nos ahogamos en una multiplicidad de pequeños objetivos, de míseros intereses, de infinitos “quítame allá esas pajas”. Y no tiene remedio. Sólo nos queda la elección entre lo malo y lo peor, entre la zanahoria adormecedora y el palo en las costillas, pero eso sí, como el burro, del carro tiramos nosotros hasta que reventemos, que para eso somos imprescindibles. ¿Les parece a ustedes justo? A “los de arriba” sí. Claro que les parece justo. Justo y necesario.

Y hablando de Justicia ¿Qué me dicen ustedes de la Justicia? Justicia que ellos consideran suya, por mandato divino, y que nosotros, esa carne de cañón, mano de obra, consumidores, contribuyentes, ya no sabemos ni cómo denominar. Si un juez puede acabar en la cárcel por tratar de investigar los crímenes cometidos por un dictador o por remover las corruptelas de una panda de facinerosos, ¿qué puede pasarnos a “los de abajo” si reclamamos justicia?.

¿Carne de cañón? ¿Mano de obra? ¿Consumidores? ¿Contribuyentes? ¡Oigan!, ¡Déjense de milongas! Tenemos otras palabras para definirnos. Somos unos PRIMOS, unos PRINGAOS. Siempre lo hemos sido y, me temo que si no cambian muchos las cosas, siempre lo seremos.

¿Clase alta, clase media, clase baja…?  ¡Primos y pringaos!, eso es lo que somos.

Como dijo Labordeta: “A la mierda. Que se vayan a la mierda, coño.!

Levante-EMV    17/04/2010

Post a comment or leave a trackback: Trackback URL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: