Angustiosa sensación.


imageSí, me refiero a esa sensación de desasosiego que te agobia cuando tienes la certeza casi absoluta de que al puzle de 5000 piezas que estás montando le falta una y crees que no podrás completarlo.

O cuando estás convencido que entre la maraña de información de que dispones te falta una, la que seguro será la más importante y que otros si conocen.

O cuando te presentas a una oposición y ves que hay gente que en lugar de llevar el carnet de identidad para identificarse lleva el libro de familia o el carnet de algún partido.

O cuando optas a una mejora laboral en tu empresa pero tienes la certeza que participas sólo para cubrir expediente y que la mejora ya está decidida mucho antes de que tu tuvieras conocimiento de que podías participar.

O cuando una chica se presenta a una entrevista de trabajo y en la silla de al lado hay otra chica con una carpeta de méritos menos abultada que la tuya pero, sin embargo,  mucho más maquillada, con unos tacones más altos, una falta más corta y un escote más abierto.

imageO cuando tienes la certeza de que algún partido político se presenta a las elecciones con una inyección económica que no procede de los cauces normales de los que se nutren el resto de partidos.

Recuerdo hace años, muchos años, allá por los 90, cuando uno de mis hobbies era la competición con coches teledirigidos eléctricos. Era una época en la que este hobby tenía precios prohibitivos en comparación con el salario que percibías. Donde un motor eléctrico “de competición” llegaba a costar 15.000 pesetas, lo mismo que una buena batería; el chasis de un coche 65.000 y el equipo de radiocontrol entre 20.000 y 50.000 y no alcanzaba las 70.000. Materiales que solo se encontraban en tiendas especializadas y a precios prohibitivos para la mayoría de bolsillosMI2_FU1_w peq

Siempre me asombraba, entonces, que hubiesen compañeros que con trabajos similares al tuyo y con salario entre de un 15% arriba o abajo del tuyo, dispusiesen, semana sí semana no, de material de competición de elevada calidad que raramente se encontraban en dichas tiendas y que cuando se encontraban no estaban al alcance de cualquiera. Material que era incluso superior al que tu, tras muchos sacrificios y ahorros, te podías permitir muy de vez en cuando. Y lo que al principio veías en manos de uno, luego lo veías en manos de varios y cada semana que pasaba veías que lo tenía más y más compañeros. Y tú, mientras tanto, alucinando.

Luego llegaba el día de la carrera, podías ser más malo o más bueno. Eso evidentemente marcaba muchas diferencias. Pero cuando competías con compañeros con un nivel de conducción similar al tuyo y te percatabas que la diferencia de rendimiento solo estaba en la diferencia del material usado, hacía que te planteases muchas preguntas. Te devanabas los esos para entender cómo era posible que algunos dispusieran de un material tan puntero, sabiendo como sabías, el trabajo que tenían y una aproximación al salario que percibían.

Como ocurre en muchos sitios, esas preguntas tuvieron cumplida respuesta un buen día cuando un buen amigo, cansado de observar esta injusticia me llamó aparte un día y me dijo: ¿TU ERES TONTO? ¿No ves que todo eso lo compran en Estados Unidos? ¿No sabes que tienen un catalogo de una empresa que se dedica a la venta por correo a todas las partes del mundo?

Y así era, ese material de altísima calidad y de precios prohibitivos, si lo comprabas a la empresa del dichoso catálogo te costaba entre un 60% y un 70% más barato que el material normalito que comprabas en España.

¿Qué por qué no lo hacían público? Pues porque con ese silencio, esa pequeña estratagema, (algunos lo llamaron “hacer trampas” incluso) se podía conseguir una notable ventaja en la competición contra aquellos que sabías que en igualdad de condiciones te podían poner en apuros en más de una ocasión.

En cuanto tuve conocimiento de la existencia del “preciado” catálogo no dudé lo más mínimo en compartir la información con los que, como yo, todavía no se habían enterado. Como consecuencia las diferencias disminuyeron notablemente y la competición, dado el aumento de la igualdad en cuanto a materiales, ganó en todos los aspectos al reducir dichas diferencias.

Moraleja: Siempre hay quién dispone de ciertas ventajas y siempre habrá quien decide competir de todos modos aún en inferioridad de condiciones.

Me refiero a aquel que aún con la sensación de que le faltará una pieza del puzle seguirá con su ensamblaje, al que oposita mostrando orgulloso su DNI, a la chica que aún así se presenta a la entrevista de trabajo con su carpeta llena de méritos, a aquellos partidos políticos que aún con el convencimiento de que otros juegan con la ventaja de la financiación extra, a esos corredores que como yo igual participábamos en las carreras a pesar de saber que partías en desventaja. Me refiero a aquellos que como bagaje solo cuentan con su trabajo, con su dedicación y con su entusiasmo. A todos ellos me refiero.

Hoy, vuelvo a tener esa angustiosa e incómoda sensación.

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